Una clara silueta atravesó el lago, llevaba consigo una caja de aspecto nuevo. Lo depositó en una mesa del merendero. La fuerza del agua hizo que se abriera y cayeran de ella pequeñas cosas. La caja cayó al suelo y quedó medio abierta.
A la tarde, una vieja recogió la caja, se llamaba María e iba de camino al asilo. Cuando su monitor impartía clase, la caja cayó al suelo y llamo la atención de él. La abrieron y para su sorpresa estaba lleno de pequeñas bolitas de cristal. Todas eran del mismo tamaño menos una. Los ancianos se preguntaban por qué la caja estaba llena de canicas y cuál era el sentido de su existencia. María propuso que como no sabían de quien eran y porqué estaban allí, cada uno cogiera la que más le gustara y así poder compartir el tesoro.
Al llegar la noche, y esta vez con la caja medio vacía María vio un puente que le resultó llamativo. Decidió situarlo a su lado.
Poco a poco, unas cuantos bolsillo de los al rededores se llenarían con las canicas de esa caja, convirtiéndolo en el tesoro de todos, el tesoro de las canicas perdidas.
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