La calzada estaba fría, la calle tenía puestas las bragas de hielo cuando nos tumbamos, cuando nuestros cuerpos se desnudaron sobre la piedra de la que estaba hecho todo. Agarré tu mano para intentar decírtelo, para poder reventarme en pedazos, pero que todos ellos se incrustaran fuera de mi cuerpo, no en mis costillas, no en mi pelvis y mi coxis, ni tampoco en mi columna, abrazados a cada vértebra como parásitos egoístas y sin escrúpulos. Merecías la verdad. Yo merecía la verdad también.
Pero ¿Cuánto sabíamos sobre ella? ¿Cuánto era cierto? ¿Cuánto era yo? ¿Cuánto para ti? Era arriesgado que la conciencia cantara victoria. Igualmente difícil era sacarse el puño de la garganta y hablar, y convertir el aire en sonido, en palabras, en frases, en confesiones. Yo soy fuerte a pesar de todo. Y mis ojos aguantaban como presas en época de lluvias y más lluvias.
Pero ¿Cuánto sabíamos sobre ella? ¿Cuánto era cierto? ¿Cuánto era yo? ¿Cuánto para ti? Era arriesgado que la conciencia cantara victoria. Igualmente difícil era sacarse el puño de la garganta y hablar, y convertir el aire en sonido, en palabras, en frases, en confesiones. Yo soy fuerte a pesar de todo. Y mis ojos aguantaban como presas en época de lluvias y más lluvias.
- Me muero – te escupí al final y el salivazo te cubrió el alma y hasta las ganas de que mi mano se meciera en la tuya. Me dejaste caer como a un bebé prematuro. Antes de encariñarte. Antes de quererme de verdad. Antes de sentir tuyo ese cordón umbilical. Lo cortaste, sin necesidad de tijeras. Después me miraste y ambos empezamos a convertir nuestros parpados en cataratas erosionando nuestras mejillas, gota a gota…
- No te miraré cuando te mueras – dijiste.
- Vale – dije yo, imaginando mi cuerpo dormido, muerto, incapaz de temblar ni pasar frío, ni de cansarme por la postura, para siempre. Tú inclinabas tu cabeza con una venda en los ojos y cuando todo el pelo de tu cuerpo desapareció y te sentí ausente, deje de respirar.
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